En muchas ciudades de México se han dado pasos importantes para construir calles inclusivas, con rampas, banquetas amplias y cruces accesibles para personas en sillas de ruedas. Sin embargo, un problema persiste y limita estos avances: la falta de respeto vial por parte de algunos automovilistas.
Cuando los autos se estacionan sobre rampas, invaden banquetas o bloquean cruces peatonales, la accesibilidad deja de funcionar. Una rampa bien diseñada pierde sentido si un vehículo la obstruye. En esos casos, la ciudad vuelve a ser un espacio excluyente, aunque la infraestructura exista.
Para una persona en silla de ruedas, un auto mal estacionado no es una molestia menor: es una barrera total. Obliga a desviarse, a circular por la calle entre vehículos o, en muchos casos, a no poder continuar su trayecto. Esto vulnera derechos básicos como la movilidad, la autonomía y la seguridad.
Las calles inclusivas y el respeto vial deben ir de la mano. La infraestructura accesible es solo una parte de la ecuación; la otra es la cultura ciudadana. Sin educación vial y aplicación de la ley, la inclusión se queda en el papel.
Especialistas en urbanismo señalan que la accesibilidad no debe entenderse como un “favor” a un grupo específico, sino como una condición que beneficia a todas las personas: adultos mayores, familias con carriolas, personas con discapacidad temporal y peatones en general.
En ciudades donde se combinan infraestructura accesible, señalización clara y sanciones efectivas, el respeto a rampas y banquetas mejora de forma notable. También influye la sensibilización: entender que invadir una rampa no es una falta menor, sino una forma de exclusión.
Avanzar hacia ciudades verdaderamente incluyentes implica asumir una responsabilidad colectiva. No basta con construir rampas; es indispensable que los automovilistas respeten el espacio peatonal y que las autoridades hagan cumplir las normas.
Las calles accesibles solo funcionan cuando se acompañan de respeto. Sin él, la inclusión se queda a medio camino.