El costo del transporte público en México se ha convertido en un factor que impacta directamente la calidad de vida de millones de personas trabajadoras. Actualmente, una parte importante de la población destina alrededor del 20% de su salario mensual únicamente al pago de traslados, una carga económica que se suma al desgaste físico y emocional generado por los largos tiempos de recorrido.
En muchas ciudades del país, el traslado diario de casa al trabajo y de regreso puede tomar dos horas o más por trayecto, lo que significa que una persona pierde entre cuatro y cinco horas al día en movilidad. Este tiempo no remunerado reduce las horas disponibles para el descanso, la convivencia familiar, el estudio o el autocuidado.
Especialistas en movilidad y salud laboral señalan que el costo del transporte público en México no solo debe medirse en dinero, sino también en tiempo y bienestar emocional. Los trayectos largos, saturados y poco eficientes elevan los niveles de estrés, fatiga y agotamiento emocional, lo que termina reflejándose en una menor concentración y rendimiento en el trabajo.
Este fenómeno afecta especialmente a quienes viven en zonas periféricas, donde la falta de opciones de transporte eficiente obliga a combinar varios medios de traslado o a recorrer grandes distancias. En estos casos, el transporte público deja de ser una herramienta de acceso a oportunidades y se convierte en un factor de desigualdad.
Además, el agotamiento acumulado por los traslados diarios tiene efectos a largo plazo. Estudios sobre salud ocupacional vinculan los tiempos excesivos de traslado con mayor ausentismo laboral, menor productividad y afectaciones a la salud mental, como ansiedad y desgaste crónico.
Desde una perspectiva de política pública, mejorar el transporte público implica no solo reducir tarifas, sino optimizar rutas, frecuencias, tiempos de viaje y condiciones de los vehículos. Un sistema de movilidad eficiente puede liberar tiempo para las personas, mejorar su bienestar y fortalecer la productividad económica.
Invertir en transporte público de calidad es invertir en personas. Reducir el tiempo y el dinero que se destinan a moverse por la ciudad puede traducirse en trabajadores más descansados, ciudades más equitativas y una mejor calidad de vida para millones de familias.