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#Opinión | Vida pública: Emergió el nuevo desorden internacional

#OpiniónYAnálisis por #ArturoHuicochea

Arturo Huicochea Alanis

Durante décadas se nos dijo que el mundo había aprendido la lección. Que después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad había construido un sistema internacional basado en reglas, soberanía, derecho y cooperación. Que el uso de la fuerza sería la excepción y no la norma. Hoy, esa narrativa se ha agotado.

Lo que estamos presenciando no es una suma de crisis aisladas —Venezuela, Ucrania, Taiwán, Medio Oriente—, sino la transición hacia un nuevo desorden internacional, donde el poder vuelve a imponerse sobre el derecho y las grandes potencias reorganizan el mundo en zonas de influencia, no en comunidades de valores.

  

No es el retorno del imperialismo clásico. Es algo más sutil, más pragmático y, por ello, más peligroso.

El concepto clave para entender este momento es el de protectorado, pero no en su versión decimonónica. En el siglo XXI, los protectorados ya no se anuncian ni se formalizan. No requieren banderas extranjeras ni administradores coloniales. Funcionan de otro modo. Son Estados que conservan su soberanía jurídica, pero pierden soberanía real.

Los protectorados como ahora Venezuela, dependen de una potencia para su seguridad, su estabilidad económica, su energía y su supervivencia política. Sus márgenes de decisión en política exterior son estrechos. Son países formalmente libres, pero estratégicamente subordinados.

China lo ha entendido. Taiwán no es sólo una disputa territorial: es una prueba sistémica. Cuando Pekín calcule que puede someter o absorber a Taiwán a un costo que puede asumir, el mensaje será inequívoco: el uso de la fuerza es legítimo.

  

Rusia, por su parte, ha hecho de Ucrania el escenario de una restauración geopolítica. Moscú no pelea sólo por territorio, sino por reconstruir un cinturón de Estados dependientes o neutralizados. Ucrania marca el límite entre un espacio bajo tutela rusa y otro alineado con Occidente. La guerra normaliza una idea que creíamos superada: las fronteras pueden modificarse si una potencia está dispuesta a pagar el precio.

Estados Unidos tampoco es ajeno a esta lógica. Su política exterior ya no gira en torno a la promoción activa de la democracia, sino a la gestión de riesgos: migración, crimen transnacional, influencia regional. América Latina vuelve a adquirir el perfil de zona estratégica. Venezuela es desde ayer el primer protectorado de facto. Colombia parece ser el siguiente en la lista.

México ocupa una posición más delicada: formalmente soberano, pero crecientemente presionado en migración, seguridad, comercio, energía, crimen organizado y control territorial. Aquí no hay planes de ocupación ni de intervención abierta. Lo que existe es algo más eficaz: condicionamiento estructural. La amenaza no es militar, sino política y económica.

Europa vive su propia fractura. Un sector insiste en defender libertades, derechos humanos y multilateralismo. Otro prioriza soberanía, seguridad energética y autonomía estratégica, incluso si eso implica relativizar principios que durante décadas se presentaron como universales. África reaparece apetitosa: La tentación es: intervenir sin gobernar, explotar sin responsabilizarse, influir sin asumir los costos políticos y éticos.

  

El nuevo desorden. El sistema internacional no actúa por razones éticas, sino estéticas. Mientras el sufrimiento humano sea tolerable “administrable”, se documenta, se condena y se posterga. Cuando amenaza intereses estratégicos, se interviene.

El derecho internacional no desaparece, pero se convierte en retórica, no en límite.

En el mundo que descubrimos el fin de semana, las potencias decidirán unilateralmente, los Estados medianos negociarán y los más débiles se adaptarán o se subordinarán.

La soberanía ha dejado de ser absoluta. Ahora es transaccional, negociada. Los protectorados sustituyen a las colonias. La estabilidad pesa más que la libertad. No estamos frente al colapso del sistema internacional, sino frente a su transmutación.

  

El orden liberal que prometía reglas universales ha sido reemplazado por un esquema de tutelas.

El desafío para México es entender con lucidez el mundo que emergió súbitamente. Pero la 4t no parece preparada para eso, pues vive obsesionada por mantener el poder, sin entender que éste se está diluyendo, que la única manera de conservarlo es haciendo política incluyente y democrática, privilegiando el interés superior de la nación, no la sobrevivencia de su grupo gobernante.

  

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