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Entre barro, pinceles y memoria: Angélica mantiene vivo un oficio que se niega a desaparecer en Tzintzuntzan

por Jannia L. Serriteño

En Tzintzuntzan todavía hay un taller donde el barro pasa de las manos de una generación a otra, se trata del taller de Angélica Morales, quien mantiene vivo un oficio que aprendió de su familia hace más de 50 años y que hoy busca transmitir antes de que una tradición que durante décadas dio identidad y sustento a su comunidad termine por desaparecer.

Y es que, Angélica recuerda que antes había numerosos talleres de barro en su comunidad, incluso calles enteras donde los artesanos se dedicaban a producir sus piezas, pero con el paso de los años, la llegada de productos fabricados en otros países, particularmente de China, así como el uso cada vez más extendido de materiales como el plástico, el aluminio y el peltre, redujeron la demanda de las piezas tradicionales.

El cambio en los hábitos de consumo también hizo que para muchas familias resultara más complicado vivir de la artesanía, pues mientras una pieza de barro requiere tiempo, conocimientos y un proceso en el que existe el riesgo de que se rompa, otros productos pueden fabricarse en serie y llegar al mercado con mayor rapidez y menor costo.

Una obra como las que realiza Angélica puede alcanzar alrededor de 2 mil pesos, un precio que en ocasiones sorprende a quienes desconocen todo el trabajo que existe detrás. Y es que, antes de llegar a las manos de un comprador, su trabajo puede romperse durante su elaboración o incluso en el horno, después de varias horas de haberla tratado. “Hay mucho riesgo de que los talleres desaparezcan”, reconoce.

Pese a ello, Angélica continúa trabajando en su taller, uno de los pocos que permanecen en su comunidad. La técnica llegó a ella a través de su familia: su bisabuela se la enseñó a su abuela, su abuela a su padre y su padre a ella y a sus hermanos. Ahora algunos de sus sobrinos intentan aprenderla, aunque otros han optado por empleos diferentes, donde encuentran ingresos más constantes.

Por eso, para Angélica, preservar la artesanía no significa solamente continuar produciendo piezas. También significa mantener vivo el conocimiento, transmitirlo y conseguir que una técnica que forma parte de la historia de Tzintzuntzan no se quede únicamente en el recuerdo de quienes la aprendieron de sus mayores.

Y entre todas las piezas que salen de sus manos hay una imagen que se repite: las mujeres. Angélica las pinta en escenas cotidianas, realizando actividades que ha visto durante años en su comunidad y en sus recorridos por Michoacán. Dice que también es una manera de reconocer su trabajo y representar a las michoacanas.

“Soy mujer, y me gusta que sepan que las michoacanas también trabajamos mucho”, explica. Sus figuras no parten de moldes ni plantillas: cada una es dibujada a mano y se convierte en una pequeña representación de la vida cotidiana.

Para ella, esas mujeres también llevan un mensaje fuera de Michoacán. Sus principales clientes se encuentran en Estados Unidos, por lo que cada obra que sale de su taller no solo lleva el trabajo de sus manos, sino también una parte de la identidad que busca conservar.

Mientras otros talleres han cerrado y las nuevas generaciones buscan otras formas de ganarse la vida, Angélica sigue frente al barro. Su trabajo recuerda que detrás de cada pieza artesanal hay mucho más que un objeto: hay tiempo, conocimiento, memoria y una tradición familiar que necesita ser valorada para poder continuar.

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