El uso indebido de las ciclovías por parte de motociclistas se ha convertido en un problema creciente en varias ciudades de México. Aunque estas infraestructuras se diseñaron exclusivamente para bicicletas y, en algunos casos, para dispositivos de movilidad no motorizada, algunos conductores de motocicleta las utilizan como atajo para evitar el tráfico, generando riesgos importantes.
Las ciclovías funcionan bajo una lógica distinta a la de los carriles vehiculares. Los ciclistas circulan a menor velocidad, realizan maniobras más amplias y dependen de un entorno predecible para mantener el equilibrio. Cuando una motocicleta invade este espacio, introduce un vehículo más pesado, más rápido y con mayor capacidad de aceleración, lo que incrementa de forma directa el riesgo de choques y atropellamientos.
Además, muchas ciclovías se ubican junto a banquetas, cruces peatonales y zonas escolares. La presencia de motocicletas en estos espacios reduce la visibilidad, genera sobresaltos y obliga a ciclistas y peatones a reaccionar de forma improvisada, aumentando la probabilidad de caídas y lesiones.
El problema también afecta la confianza en la infraestructura urbana. Cuando las personas perciben que las ciclovías no son respetadas, disminuye el uso de la bicicleta como medio de transporte cotidiano. Esto impacta negativamente en la movilidad sostenible, la salud pública y la reducción del tráfico.
Respetar la ciclovía no es solo una cuestión de reglamento vial, sino de convivencia y seguridad. Cada tipo de vehículo tiene un espacio asignado por una razón: proteger vidas. Una movilidad ordenada comienza cuando todos circulan donde corresponde.