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Normalizar y aceptar lo ilegal

por Rafael Rodríguez
  • Isaac Asimov, ruso, humanista, racionalista y padre de la ciencia ficción afirmaba que “Acostumbrarse a la violencia, no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa” Por Arturo Argente Villarreal

La normalización de las noticias que difunden violencia, corrupción o actos de espionaje, adornadas de dolo y violencias constitucionales, ha incendiado todo lo que se tiene alrededor, trate de quien se trate. Y el último ataque se dirigió hacia el senador Ricardo Monreal.

Hemos aceptado, normalizado y festejado lo ilegal. Con la rampante impunidad y falta de confianza en las instituciones impartidoras de justicia, se ha agravado la indiferencia ciudadana que le ha dado forma a la podredumbre que rodea la violencia y la corrupción que se vive en nuestro país.  De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, el 93% de los delitos no son denunciados, ya que la población considera que es una pérdida de tiempo y desconfía en las autoridades. Entonces ¿cómo podemos alzar la voz para exigir justicia, si ésta no es accesible para la mayoría?

Existe una manifiesta sobreexposición de la violencia y corrupción en nuestro país. Se ha promovido, en medios y series de televisión como algo aspiracioncita, y se alaba a la narco cultura, la cual permite a un cierto número de personas, que no necesariamente crecieron en contextos de violencia, recrear una identidad para “experimentar” y vanagloriar la violencia, los lujos y la ilegalidad que rodea esta actividad.

Vivir en un país en donde la violencia se presenta, reproduce y viriliza de manera cotidiana ocasiona una sobreexposición a la que las personas pueden reaccionar de distinta manera en lo individual y lo colectivo.  La “normalización” de la violencia depende mucho de las condiciones sociales, culturales y políticas del entorno que se trate. Sin embargo, hemos hecho justificable el uso de la violencia para resolver conflictos y la atención se centra únicamente en las consecuencias y no en sus causas. Hemos atestiguado como existe una apatía del Estado frente a violaciones de derechos humanos y esto resalta nuestra falta de solidaridad y empatía con la violencia que sufren las demás personas.

Hemos llegado a un nivel de indiferencia en donde parecería que no existe tragedia que nos duela lo suficiente para tener empatía con los miles de víctimas cuyos nombres y denuncias se acumulan en carpetas de investigación sin resolución y que solo se empolvan en los archivos de concentración de las instituciones de impartición de justicia. Necesitamos recuperar nuestra capacidad para indignarnos.

Hay atisbos, pero pocos y débiles, para contrarrestar tal normalización, entre ellos los que se manifiestan en las madres buscadoras, en los movimientos feministas, y el periodismo de investigación.

La violencia representa en sí mismo un reto social mayúsculo por lo que se debe seguir estudiando este fenómeno; analizar las necesidades de las comunidades; pensar en cómo crear políticas públicas que atiendan este reto que involucre una cultura de la prevención; eficientar la función de las autoridades, y atender la indiferencia que rodea el sufrimiento de las víctimas de las violencias. Al final, al normalizar esta violencia nos hemos convertido en cómplices de esta realidad.

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