#OpiniónYAnálisis por #ArturoHuicochea
Arturo Huicochea
Los políticos suelen cometer un error recurrente cuando enfrentan una crisis. Creen que necesitan demostrar fuerza. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Cuando una controversia involucra posibles abusos de poder, la ciudadanía no busca gobernantes fuertes. Busca instituciones fuertes.
Y ésa es la lección que hoy parecen estar ignorando tanto en Metepec como en Toluca.
Los hechos son distintos y deberán ser investigados por las autoridades competentes. Sin embargo, desde la perspectiva de la comunicación política, ambos casos comparten el mismo problema de origen: una lectura equivocada de la opinión pública.
En Metepec, la discusión dejó de girar hace tiempo alrededor de un episodio específico. Las imágenes iniciales provocaron cuestionamientos sobre el ejercicio de la autoridad. Posteriormente aparecieron nuevas acusaciones formuladas por una excolaboradora cercana que describen hostigamiento, humillación, vigilancia y represalias. Corresponderá a las instituciones determinar qué ocurrió realmente.
Pero las crisis políticas no esperan resoluciones. Evolucionan a partir de percepciones. Y la percepción que comenzó a instalarse es sencilla: ¿existen límites efectivos para quienes ejercen el poder? En Toluca ocurre algo parecido.
La denuncia formulada por una reportera contra un alto funcionario municipal abrió una discusión pública que tampoco se concentra exclusivamente en los hechos denunciados. La pregunta que subyace es otra: ¿puede una investigación desarrollarse con plena independencia cuando involucra a alguien que ocupa una posición relevante dentro del gobierno?
Ésa es la inquietud ciudadana. Y ésa es la pregunta que las respuestas oficiales no han logrado disipar. Aquí aparece el error estratégico.
En lugar de concentrarse en fortalecer la confianza institucional, las señales enviadas a la opinión pública parecen orientadas a demostrar respaldo político. Comunicados defensivos, explicaciones centradas en los involucrados y apariciones públicas junto a figuras relevantes del oficialismo transmiten una idea de fortaleza hacia los círculos políticos.
Pero producen un efecto muy distinto entre los ciudadanos. Porque cuando la sociedad observa cercanía con el poder en medio de una crisis relacionada precisamente con el ejercicio del poder, la imagen cambia de significado.
Lo que para algunos representa apoyo político, para otros representa protección política. Y la diferencia es enorme.
La comunicación de crisis enseña que la confianza no se recupera exhibiendo relaciones. Se recupera demostrando independencia, transparencia y disposición al escrutinio público.
Por eso las fotografías, los abrazos y los respaldos públicos no resuelven el problema. Pueden agravarlo. No porque acrediten irregularidades. Sino porque fortalecen la sospecha de que el poder cuenta con mecanismos propios de protección.
La paradoja es evidente. Mientras más intentan proyectar fortaleza, más alimentan la duda que pretenden disipar. Todavía existe una salida.
Pero no pasa por acumular apoyos políticos. Pasa por fortalecer la credibilidad institucional. Porque cuando una crisis gira alrededor del poder, la pregunta decisiva no es quién respalda a los funcionarios.
La pregunta decisiva es quién protege a los ciudadanos. Y toda democracia sana debería tener una respuesta clara para ella.
@ArturoHuicochea