Rocio Aguirre
El aumento al salario mínimo deja fuera a quienes tienen formación universitaria, alimentando el desencanto profesional.
Cada año, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (CONASAMI) define el nuevo salario mínimo en México. Para 2025, se estableció en 278.80 pesos diarios en el resto del país y 419.88 pesos diarios en la Zona Libre de la Frontera Norte, lo que representa un aumento del 12 % respecto al año anterior. Aunque estas cifras, publicadas en el Diario Oficial de la Federación, buscan mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores, la realidad es que muchos profesionistas no ven reflejadas estas mejoras en sus ingresos.
La mayoría de los profesionistas gana por encima del salario mínimo, pero sus sueldos no están ligados directamente a estos aumentos. En sectores como la docencia, el diseño o la psicología, muchos jóvenes egresados reciben pagos apenas superiores al nuevo mínimo, y en ocasiones, con condiciones laborales precarias. Esta falta de ajuste proporcional ha provocado que la diferencia entre empleos con y sin formación profesional se reduzca, lo cual desincentiva la inversión en educación superior y genera frustración entre quienes estudiaron durante años para obtener una mejora de vida que no llega.
A esto se suma un fenómeno de desvalorización del título profesional. Cuando el salario mínimo sube, pero los sueldos técnicos y profesionales no, se genera lo que especialistas llaman “aplastamiento salarial”: la base sube, pero los niveles medios se estancan. En lugar de dignificar todo el mercado laboral, la medida termina dejando fuera a una clase trabajadora calificada, que queda atrapada entre la informalidad y un mercado que no recompensa la preparación académica.
Aunque el aumento al salario mínimo es un avance necesario y justo para muchos sectores vulnerables, es urgente que el Estado y el sector privado implementen estrategias para que los profesionistas no queden rezagados. Sin políticas que reconozcan su formación y que ajusten sus sueldos de forma proporcional, se corre el riesgo de seguir formando talento que el país no sabe, o no quiere, valorar.