Aunque en ciudades como Morelia los jóvenes no se ven interesados en el bordado, en comunidades indígenas como Pichátaro, perteneciente al municipio de Tingambato, en Michoacán, está actividad aún prevalece entre las nuevas generaciones.
Rosario Jerónimo Pérez de 26 años es una de las mujeres de la comunidad que ha hecho del bordado su sustento económico.
“Empecé a los seis años, este a mí me llamó la atención porque yo veía a mi tía que bordaba y a mi me llamó la atención de cómo salían las figuritas a través del punto de cruce. Empecé con puras líneas que son para un lado y luego otra vez regresar para el cruce”.
Además de ella, señala que otras niñas del pueblo replican este conocimiento que han heredado de sus madres, abuelas u otros miembros de su familia, es decir, las actividades se van pasando de generación en generación.
Para Rosario la tarea no es fácil, tan sólo la elaboración de un huanengo lleva entre dos y tres meses. Esta prenda dice, se oferta entre 5 hasta los 12 mil pesos. Sin embargo, si el huanengo es de madeja el precio supera los 10 mil pesos.
Conservando la esencia de su cultura, sus diseños se basan en elementos de la naturaleza: rosas, amapolas, mariposas, pájaros, caballos, hadas, rostros de algunas mujeres, pero también se adapta a lo que el cliente pida.
Para preguntar por alguna de sus artesanías las personas ajenas al pueblo pueden preguntar por ella nombrando a la señora Alicia Matías, quien es la abuela de la joven.