#OpiniónYAnálisis por #CynthiaValeriano
Cynthia Valeriano López
Se que estamos todos muy conmovidos por el desempeño de la selección nacional, que parece que nos damos un respiro de las malas noticias y que lo único importante es hablar de futbol en estos momentos, pero lamentablemente, existen algunas noticias que nos regresan a la realidad.
El día de hoy, 01 de julio, el presidente Donald Trump decidió no suscribir la renovación del TMEC por otros 16 años, sino optar por la revisión anual del contenido hasta su vencimiento en el 2036, lo anterior, no significa que se acabará el acuerdo comercial o que alguna de las partes se retirará de la mesa, lo que significa esta posición es que se amplía el costo de riesgo asociado a la
incertidumbre para las empresas.
El acuerdo seguirá vigente y cada proceso de revisión anual tendrá como objetivo alcanzar un consenso entre las partes para extenderlo o bien concluirlo, de conformidad con lo establecido en la cláusula 34 del TMEC. Esta cláusula se estableció en el 2018 con la finalidad de darle un carácter dinámico al tratado, pasar de un documento rígido en donde todo está dicho a uno que cada 6 años tiene la posibilidad de integrar la complejidad de la realidad económica, sobre todo en tiempos de un fuerte cambio tecnológico que, en no pocas veces, nos supera.
Pero nadie contaba con la variable Trump y su visión de la política comercial e industrial para Estados Unidos, mucho menos, que la cláusula de revisión, se convertiría en un poderosos mecanismo de presión negociadora. Washington, a partir de la carta de Jamieson Greer, señala no estar de acuerdo en los términos del tratado tal como está, ya que no satisfacen los objetivos de
relocalización industrial de Estados Unidos, pero deja la puerta abierta para seguir negociando con México y Canadá para corregir déficits comerciales y supuestas fallas del pacto, por lo que, dentro de lo negativo de este desenlace, tenemos una posibilidad real de darle continuidad a nuestra alianza productiva y comercial trilateral.
Pero ¿por qué no pudo construirse un consenso si aparentemente hay interés por las partes?, y es en esta pregunta donde podemos encontrar la clave para entender lo que está sucediendo. No es una cuestión de intereses, las tres economías tienen claro el beneficio que les supone formar parte del acuerdo, tampoco tiene que ver con lo estratégico de la alianza y lo lógica que resulta entendiendo la ubicación geográfica, mucho menos con la opinión de los agentes económicos involucrados, ya que en todas las rondas de trabajo con las empresas de todos los sectores la opinión mayoritaria favorece la continuidad, incluso de los términos actuales del TMEC.
Tiene que ver con visiones muy diferentes de cooperación entre gobiernos, tiene que ver con modelos de integración en pugna que no parecen encontrar por lo pronto, un punto de intersección. Para Estados Unidos, la negociación no solo es comercial, al integrar un termino tan amplio con el de “seguridad económica” en las mesas de negociación, se involucran muchos otros aspectos que los
meramente relacionados con tramites y procedimientos, con la inevitable tentación de utilizar las tarifas arancelarias como medios para su construcción.
Seguridad económica implica anticiparse y proteger las cadenas de valor, desde la proveeduría de materias primas estratégicas hasta la llegada al cliente final, es decir, proteger las fuentes de recursos e integrarlas en una matriz más amplia, una matriz regional que permita identificar los riesgos de desabasto y por ende posible impacto en los costos de producción, sobre todo en un entorno en donde China acapara líneas de proveeduría cada vez más amplias.
Por eso la trazabilidad de la producción para evitar la triangulación de componentes de origen asiático es un aspecto irreductible en la negociación. Seguridad también implica la fortaleza del sistema industrial, principalmente del norteamericano, implica reducir la competencia entre las empresas que integran la región y fortalecer sus capacidades para competir fuera de la región, es decir, aunque no se ha dicho en todos sus términos, significa hablar de sectores productivos que se complementan no que compiten por el mismo mercado.
Seguridad también quiere decir claridad normativa y regulatoria, homologación de términos y condiciones, procedimientos judiciales para dirimir disputas, lo que aun esta en transformación en nuestro país, requiere de igual manera, de un nivel mínimo de seguridad pública, de reducción y control de la agenda delictiva, sobre todo en delitos de alto impacto y eliminación de la impunidad, principalmente si es vista como el alimento principal de la inseguridad.
Esta es la carta de negociación de Estados Unidos, este es el modelo de acuerdo que desean impulsar y es aquí donde reside la diferencia principal, ya que México, quiere negociar desde la base del acuerdo del 2018, cuando el país era muy diferente al que es hoy, el mantra repetido hasta el cansancio por parte de los interlocutores de nuestro país es “mantener el acuerdo en los términos actuales”, eliminar las tarifas, porque esas no formaban parte del acuerdo, no ajustar las reglas de origen, no incorporar reglas de trazabilidad productiva y de proveeduría y quedarnos así, durante los siguientes 16 años para dar certidumbre normativa a las empresas y que la inversión nacional comience a fluir, que no se traslapen las agendas y que la discusión se mantenga únicamente en la lógica del contenido literal del documento jurídico, pero que cuestiones como la seguridad, la corrupción, la migración, el tráfico de drogas, la complicidad entre autoridades y carteles delincuenciales, el huachicol o la extorsión se queden fuera, porque en esos tópicos, nuestra defensa de la soberanía se impone.
Canadá por su parte, pidió formalmente renovar por 16 años, pero también ha priorizado el alivio de aranceles sobre acero, aluminio, autos y madera y además, aceptó que pudiesen existir arreglos bilaterales complementarios al marco trilateral en caso de ser necesario, este punto es crucial ya que Canadá primero desea neutralizar el daño arancelario inmediato a su propia balanza comercial y después integrarse a un proceso de negociación trilateral.
El TMEC sostiene casi 2 billones de dólares de comercio regional de bienes y servicios. En 2025, el comercio de bienes entre Estados Unidos y México sumó 872.8 mil millones de dólares; las exportaciones estadounidenses a México fueron 338.0 mil millones y sus importaciones desde México 534.9 mil millones.
Con Canadá, el comercio bilateral de bienes fue de 719.5 mil millones de dólares. Los datos al mes de junio del 2026, no han dejado de sorprender, con un crecimiento de casi el 18% de las exportaciones, donde las exportaciones manufactureras crecieron 19.9%, parecería que, a pesar de los aranceles, las amenazas y el proceso de negociación tan tenso, el mercado sigue fuerte, resistiendo y avanzando, pero vale la pena hacer una lectura crítica del hecho, el comercio exterior fue dinámico, pero no ofrece un colchón suficiente para absorber una década de incertidumbre anual.
Para nuestro país, el riesgo que implica el estado actual del acuerdo es mayor porque el modelo exportador está más concentrado en Estados Unidos, más de 80% de las exportaciones mexicanas de bienes van a Estados Unidos y más de 40% de las importaciones mexicanas provienen de ese mercado, en pocas palabras, México no solo vende, México produce con Estados Unidos, en alianza estratégica.
No sirve de mucho matizar la evaluación del resultado, terminar o darle continuidad era preferible a entrar en un entorno de parálisis comercial, donde todo puede pasar, donde las reglas no están claras y donde la inversión no tiene certeza para definir presupuestos, anticipar costos y planificar, no estamos hablando de solo abrir negocios que atienden al mercado local, las inversiones que se necesitan para empujar el Plan México dependen del desenlace de la negociación y si esta aún no se da, simplemente será preferible (y menos costoso), esperar o migrar la inversión hacia Estados Unidos en una especie de Nearshoring a la inversa.
La decisión de Trump tiene, por tanto, un efecto negativo sobre la actividad económica, ya que obliga a las empresas a descontar un mayor riesgo político en cada proyecto de inversión. Una planta automotriz, aeroespacial, de dispositivos médicos o semiconductores no se decide con horizonte de doce meses; se decide con horizontes de 10, 15 o 20 años. Si el tratado se revisa cada año, el costo de capital sube, los comités globales retrasan decisiones y México pierde parte de su ventaja frente a otros destinos.
En este escenario, la respuesta de México debe encaminarse a defender el carácter trilateral del TMEC y evitar la negociación bilateral, aceptar una modernización acotada en reglas de origen, trazabilidad de insumos asiáticos, integrarse al concepto de seguridad económica, dar cumplimiento a los acuerdos laborales y buscar mantener su acceso preferencial, esto evitaría en el corto plazo una afectación mayor al comercio y la economía exportadora. Y, a la par, acelerar una política industrial doméstica que reduzca cuellos de botella en energía, agua, logística, aduanas, seguridad y Estado de derecho.
No podemos controlar las decisiones comerciales de Trump, pero sí nuestra propuesta de valor. Necesitamos llegar a cada revisión anual con evidencia contundente del crecimiento de nuestra competitividad, incrementar el contenido nacional, mejorar el desempeño sindical, elevar la generación y distribución de energía, otorgar mayor certidumbre jurídica y combatir de forma clara la corrupción, la delincuencia organizada y las complicidades públicas. Si cada año, vamos a llegar con la idea de solo resistir, perderemos margen de maniobra y relevancia rápidamente.
El TMEC no está muerto, pero entramos en una fase de confusión e incertidumbre mayor que la que teníamos el año pasado, este entorno no cancela los proyectos, los encarece, los retrasa y a veces los manda a otro país, esta en el gobierno actual la posibilidad de rescatar nuestra posición, utilizar la adversidad para mejorar nuestro entorno productivo o simplemente mirar hacia otro lado y
colocarnos en un punto de no retorno.
MGPP Cynthia Valeriano López
Profesora de Economía
Tec de Monterrey, Campus Toluca
cvaleriano@tec.mx