Rocio Aguirre
La venta clandestina que crece en las escuelas a pesar de la prohibición oficial
Desde que el 29 de marzo de este año entró en vigor la prohibición de vender golosinas, refrescos y alimentos ultra procesados en las escuelas de México, la medida ha buscado mejorar la salud infantil y reducir los altos índices de obesidad. Sin embargo, la eliminación de estos productos de las cooperativas escolares no ha significado su desaparición de los planteles. Por el contrario, ha comenzado a surgir una dinámica que muchos ya llaman “el mercado negro de golosinas”.
En diversas escuelas en Morelia, desde primarias hasta universidades, se han detectado prácticas donde los estudiantes llevan dulces, frituras y bebidas azucaradas desde sus casas para venderlas de forma informal entre sus compañeros, ya sea guardándolas en casilleros, mochilas o directamente en cajas que después las reutilizan como puestos improvisados. Estos intercambios suelen ocurrir en recreos, pasillos y hasta en los propios salones de clase, muchas veces sin que los docentes puedan intervenir o controlar del todo la situación.
Aunque las autoridades educativas también han intentado limitar la venta en las inmediaciones de las escuelas, estas medidas no han logrado frenar por completo el acceso a los productos prohibidos. Al final, lo que no se consigue dentro, se puede conseguir fácilmente a las afueras, lo que facilita que los estudiantes sigan ingresando estos alimentos y mantengan viva esta dinámica informal.
Este fenómeno refleja que, más allá de las prohibiciones, el reto está en generar conciencia sobre la importancia de una alimentación saludable. Mientras las opciones permitidas no resulten atractivas para los estudiantes, y mientras no exista un cambio desde casa, es probable que las golosinas y refrescos sigan circulando, aunque ahora lo hagan de forma discreta.