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La eliminación de la política de financiamiento al campo

por Rafael Rodríguez

#OpiniónYAnálisis por #CynthiaValeriano

Tras la llegada del primer gobierno de transición a México, se fue dando una transformación en la forma en la que se veía al sector agropecuario en nuestro país.

A partir de la apertura económica y comercial de 1994 y la cercanía con la frontera norteamericana, en las regiones del norte del país los productores fueron abandonando la idea política de la autosuficiencia alimentaria para transitar a una visión mucho más cercana a la agroindustria y la creación de auténticos agronegocios, principalmente con potencial exportador. De esta manera se fue avanzando en la sustitución de subsidios directos (incluso a pequeños productores) para generar políticas públicas e instituciones que, acompañados de asistencia técnica especializada, inteligencia sectorial y de mercados, capacitación y mecanismos de financiamiento, cobertura y protección, impulsaran la reconversión productiva del campo y está estuviera más orientada, a las necesidades del mercado y menos a las necesidades de la narrativa corporativa construida, a lo largo del período presidencialista del siglo pasado.

Una de las instituciones que emergió en este proceso de transformación del campo en México, fue la Financiera Rural, que sustituyó desde el 2003 a un Banco Nacional de Crédito Rural (Banrural) que se encontraba a inicios del nuevo milenio en condiciones de insolvencia.

La Financiera Rural, se construyó como una institución que, al ser parte de la Banca de Desarrollo y por ende depender de forma directa de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, facilitaría el acceso al financiamiento de los productores agropecuarios para tecnificar la producción, mejorar los paquetes tecnológicos y por ende mejorar la producción agropecuaria, acompañar los apoyos y subsidios administrados por instituciones como la Secretaría de Agricultura y con ello potenciar el impacto económico del sector.

Ciertamente el financiamiento al sector agropecuario no es una novedad, desde los primeros gobiernos post independentistas del país ya se habían construido instituciones bancarias que pudieran facilitar el acceso a los recursos de un, entonces, sector primario preponderante, sin embargo, la diferencia sustancial entre la vocación institucional de antes y después es diametral.

La política de financiamiento dejo de ser una herramienta de control a través del otorgamiento de recursos con fines corporativos, para transitar a un mecanismo a partir del cuál se analizaron proyectos desde la perspectiva de la viabilidad y la rentabilidad por su vinculación con las necesidades del mercado, marcando una distancia con la visión autosuficiente de la milpa del pequeño productor a una corriente que a través de proyectos vanguardistas y tecnificados se convirtiera en una palanca real de desarrollo económico y social con la consecuente re-dignificación de la actividad campesina.

A lo largo de estos 20 años, la Financiera Rural (como siempre se le conoció, a pesar del cambio de nombre) otorgó más de 1 millón de créditos, principalmente a pequeños productores y sirvió de mecanismos de garantía para reducir la percepción de riesgo que la banca tradicional tenía del campo, gracias a estos mecanismos que se complementaron con la oferta de otras instituciones de la Banca de Desarrollo como FIRA (Fideicomisos Instituidos en Relación a la Agricultura), se logró colocar a México en el top 5 de los países productores de alimentos en el mundo, no solo por la cantidad, sino por la calidad.
Pero la visión (como todo en este país cada 6 años), sufrió un revés con la falta de entendimiento de un sector con potencial para producir algo más que maíz y frijol, dejó de verse el sector agropecuario como un sector preponderante y con mercado conquistado a partir de información y evolución constante, para regresarlo a los tiempos del corporativismo político vinculados al partido en el poder, bajo el ya clásico argumento del “combate a la corrupción”, se ha sustituido el financiamiento por los subsidios a fondo perdido y la suspensión de las prácticas de recuperación, a la capacitación por el adoctrinamiento, a la asistencia técnica por las ocurrencias y visión unilateral del deber ser presidencial y a la inteligencia de mercados por la geopolítica, lo anterior a partir del reciente anuncio presidencial para desaparecer a la Financiera Rural.

¿Cuál ha sido el resultado de esta transformación?, podemos empezar por la inflación, ese molesto incremento en los precios de los bienes que consumimos, que lleva más de 18 meses impactado por el encarecimiento de los alimentos.

Mencionamos también el abandono del campo, ya sea para que familias enteras reanuden su marcha hacia el norte en busca del sueño americano, que al final termina en las pizcas de los campos en el sur de los Estados Unidos o en la incorporación de miles de jóvenes en las filas de la delincuencia organizada por no ver un futuro prominente en la actividad agropecuaria en su país.

La sustitución de México en los mercados internacionales, con la irrupción de otros países latinoamericanos y asiáticos que, en no pocas veces, se inspiraron en la política de desarrollo agropecuario de inicios de siglo de nuestro país y por supuesto, el consecuente crecimiento de la pobreza rural y el encarecimiento de la actividad agropecuaria por la falta de insumos, semillas, fertilizantes, agua y condiciones de mercado.

Es elevado el costo que las próximas generaciones habrán de pagar por las decisiones que hoy se toman y el rumbo que el desmantelamiento institucional ha seguido en estos largos casi 5 años de un gobierno que no entiende ni quiere entender, el papel de las organizaciones públicas debe ser siempre el cumplimiento de objetivos sociales: reducción de la pobreza, generación de oportunidades, mejoramiento de la infraestructura económica, productiva o social o las condiciones de crecimiento y desarrollo económico, por mencionar algunos.

No hace falta ser un especialista en todos los temas, quizá lo que más necesita el campo en estos días, solo es un genuino interés por la enorme aportación que tiene en la satisfacción de una de las necesidades básicas de los individuos: la alimentación. De seguir con esta dinámica, no sólo estaremos cada vez más lejos de la suficiencia alimentaria, sino del ejercicio de una de la más noble y antigua vocación humana: la agricultura.

MGPP Cynthia Valeriano López
Profesora de Economía
Tec de Monterrey, Campus Toluca
cvaleriano@tec.mx

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