Opinión de Mario Vallejo Soriano
De manera general, muy fisiológica para justificar el hecho de las buenas costumbres, al despertar uno puede amanecer con una leve acumulación de grasa en las comisuras de los ojos o entre las pestañas que funge como lubricante de los ojos y que puede ser rápidamente retirado con la punta del dedo. A esta secreción, producto de la naturaleza humana, se le conoce coloquialmente como chinguiña o, con mucha educación y formalidad, lagaña.
Dice la medicina que esta acumulación es un proceso muy natural del cuerpo para proteger la superficie ocular. Habrá que preocuparse y visitar al doctor Simi cuando haya una cantidad excesiva o persistente durante el día, más si se acompaña de ardor o dolor y enrojecimiento del o de los ojos.
Pero, más allá de dar una simple “información que sirve” sobre esta secreción, me llama particularmente la atención la palabra chinguiña porque, aunque es de uso común y muy de los mexicanos, ¿sabía usted que este vocablo no se encuentra registrado en el “Diccionario de la Lengua Española” de la Real Academia Española? Tal cual, vaya usted a saber por qué no.
Pero, aunque para la madre patria no existe, el “Diccionario de Americanismos” de la Asociación de Academias de la Lengua Española y el “Diccionario de Mexicanismos propios y compartidos” de la Academia Mexicana de la Lengua, sí hacen lo propio al considerar esta palabra como un regionalismo, pero, sobre todo, una mexicanísima expresión.
Esa chinguiña, además, contiene dos elementos sumamente identitarios de la lengua española: el dígrafo “ch” y la letra “ñ”. El sonido de cada una de ellas puede ser similar en algunas otras lenguas; sin embargo, la grafía o representación gráfica es muy particular, sobre todo la “ñ”, que es considerada el símbolo por excelencia del idioma español. La “n” coronada por una virgulilla: “ñ”.
Pero de la “ñ”, nos ocuparemos en otra entrega.
Desde hace mucho tiempo me di cuenta de que el sonido de la “ch”, más allá de la grafía, me gusta y me gusta por su explosividad, por su sonoridad, por su fuerza y expresión al momento de producirla, de pronunciarla y de escucharla, sobre todo cuando se encuentra al inicio de las palabras. Ese fonema que adquirimos en la crianza es particular, porque, aunque de manera general forma parte de la lengua española, es muy característico del habla del centro de la República Mexicana.
En los diccionarios actuales, las palabras que inician con “ch”, al igual que la “ll” y que alguna vez formaron parte del abecedario como letras individuales, al ser clasificadas formalmente como dígrafos (la unión de dos letras para formar un solo sonido), pasaron a ser ordenadas alfabéticamente dentro de las letras “c” y “l”, respectivamente y ahí, les quitaron presencia.
Pero no en el habla cotidiana, porque a pesar de no contar con una cifra exacta de la existencia de las palabras que la contienen en los diccionarios, sabemos que es sumamente densa en el léxico mexicano debido, principalmente, a la enorme influencia de nahuatlismos y al uso de este “fonema africado palatal” para expresar afecto o cercanía.
No por nada los antiguos mexicanos ofrecieron al mundo el chile, el chocolate, chicle y chayote entre muchísimos otros productos. Productos, pero también sonidos, palabras. Muchos vocablos del náhuatl original tenían los sonidos “tz” o “x” (que se pronunciaba como la “sh” en inglés).
En el sincretismo cultural de nuestro país, a los europeos les costaba trabajo la pronunciación así que sustituyeron de manera natural nuestra “tz” o “x”, su “ch” del español. Por eso, “tzictli” pasó a ser chicle y “tzipitl” se convirtió en chípil.
Ya encanchados en esta dinámica, los “nuevos” mexicanos acuñaron otros tantos cientos de palabras como chinampa, chapulín, chuchuluco, chinicuil, chilpayate, champa, tlacuache, tololoche y tepache, por mencionar una mínima parte de nuestro rico español mexicano.
Pero, decía que la “ch” es explosiva y sonora porque al pronunciarla se lleva a cabo una breve pero sustanciosa liberación de aire, un breve estallido auditivo. No es tan complicado, sólo basta agarrar aire y espetar la palabra que más le acomode, la que llegue a su mente.
Dice la lingüista emérita de la UNAM y coordinadora del “Diccionario de Mexicanismos Propios y compartidos”, Concepción Company Company, que la “ch” es acústicamente un fonema aislado y único dentro del sistema del español; “su sonido no se parece a ningún otro”. Esta singularidad física lo convirtió en el vehículo ideal para la función expresiva o sintomática del lenguaje.
Este fonema se presta para realizar formaciones afectivas y juguetonas como en la materlalia o forma particular en la que los adultos se comunican con los bebés y niños pequeños, por ejemplo: pechocho: precioso, cochita: cosita, bechito: besito, panchita: pancita y ahí, váyale sumando.
Muchos nombres propios se acomodan para demostrar afecto y cariño, a decir: Pancho, Chabela, Nacho, Meche, Chucho, Chuy, Concha, Chona, Licha o Chole. Sobrenombres o apodos socializados y aceptados desde quién sabe cuándo, incluso, se dice, aceptados internacionalmente.
Pero también existen esas otras palabras que dicen los expertos, reflejan afecto, cercanía, aprecio, complicidad o incluso desprecio como apapachar, chiquito, chiquillo, pechocha, chamaca, chavo, chula, chido, pinche, chafa, chismoso, chusma, chichifo, chota, chundo y así…
No nos olvidemos de aquellas otras palabras que forman parte del candor mexicano cuando se pretende ofender, pues para ello existen un buen número de palabras que comienzan con la “ch”, tantas como para elaborar “El Chingonario”, un diccionario del verbo “chingar”, el verbo más polisémico del léxico méxicano y por lo que se sabe, el más conocido, incluso, más allá del infinito.
En fin, en este cacofónico estruendo sonoro se puede escribir de tocho morocho, tal y como decía un cómico de la época del cine de oro: ¡qué chabocha la chevecha que che chube a la cabecha!
¡Salud!