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#Opinión | Vida Pública. MORENA, muerto

#OpiniónYAnálisis por #ArturoHuicochea

Arturo Huicochea

Los partidos no sólo mueren cuando pierden elecciones. También cuando quedan moralmente expuestos.
Morena construyó su ascenso sobre una operación simbólica consistente en hacer creer que representaba honestidad, austeridad y regeneración institucional. Su legitimidad no nació de resultados verificables, sino de una narrativa basada en polarización, resentimiento social y concentración emocional alrededor del liderazgo. Su creador controló el relato y debilitó la evidencia. Con propaganda desplazó a la verdad, con obediencia emocional reemplazó gradualmente a la deliberación democrática.

La teoría política ha explicado el destino de los movimientos construidos sobre liderazgo carismático y concentración hegemónica. Max Weber advirtió cómo el carisma deriva en burocracia; Robert Michels formuló la “ley de hierro de las oligarquías”: toda organización termina dominada por minorías dirigentes. Y Steven Levitsky ha documentado cómo los liderazgos populistas erosionan gradualmente la democracia mediante mecanismos formalmente legales, pero políticamente asfixiantes.

Morena encarna exactamente esa deriva. Controla Presidencia, Congreso, gubernaturas, presupuestos y buena parte de la conversación pública. Y mientras más poder acumula, más evidente resulta que no vino a democratizar el poder, sino a monopolizarlo.

Las señales son inequívocas: candidaturas repartidas a capricho. Familias convertidas en dinastías regionales. Propaganda usada como mecanismo de control político. Descalificación sistemática de periodistas, académicos y jueces. Y, cada vez con mayor frecuencia, señalamientos sobre relaciones entre autoridades locales y estructuras criminales; corrupción enquistada en áreas federales; y gobiernos municipales sometidos o condicionados por el crimen organizado.

Aquí aparece la pregunta incómoda para miles que todavía intentan justificarse suponiendo que no tienen responsabilidad. La historia política demuestra que las sociedades degradadas no funcionan únicamente por convicción. Funcionan también por normalización de lo inaceptable. Hannah Arendt llamó a eso “la banalidad del mal”: personas ordinarias colaborando con sistemas profundamente corruptos y malévolos mientras se convencen de que sólo cumplen su función en la sociedad.

Ese es el verdadero riesgo moral del momento. Porque cuando un gobierno exige silencio frente a la corrupción, tolerancia frente a la captura criminal del territorio y lealtad por encima de la verdad, el ciudadano, como el servidor público, deja de ser únicamente administrador del Estado: corre el riesgo de convertirse en engrane de una estructura políticamente degradada y probablemente criminal.

Lo peor es que Morena no parece capaz de corregirse. Los movimientos pueden rectificar cuando conservan autocrítica y límites internos. Morena parece haber perdido ambos, y ha quedado evidenciada su voluntaria sumisión a las organizaciones criminales.

Tal vez siga ganando elecciones. Pero conservar poder, no significa conservar legitimidad. Y aunque prevalezca como aparato electoral, el mito de su superioridad moral ya colapsó, está muerto.
@ArturoHuicochea

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