Con cada nuevo fraccionamiento autorizado se vuelve más difícil dotar de servicios públicos a esa zona
Si bien el crecimiento de una ciudad por sí mismo no es malo, lo cierto es que se puede convertir en un problema cuando no se analizan correctamente todas las posibles consecuencias, ya sean positivas o negativas, que conlleva el aumento en la delimitación de la mancha urbana.
En el caso de la ciudad de Morelia, conceptos como el Plan Municipal de Desarrollo Urbano 2022-2041 y la obra del segundo anillo periférico, que en diciembre del año pasado registraba un avance del 32% en su primera etapa, son impulsores de un formato al que se le conoce como modelo de anillos concéntricos.
También conocido como modelo de zona concéntrica, fue ideado por el sociólogo Ernest Burgess en el año de 1925. Básicamente explica la distribución de los grupos sociales dentro de las ciudades urbanizadas.
Este modelo se compone de una zona comercial justo en la parte central de la ciudad, donde la población encuentra sus lugares de trabajo y de ocio, que después se rodea por diferentes sectores a manera precisamente de “anillos”. Justo alrededor del distrito comercial se ubica la zona industrial, y más afuera están la mayoría de las viviendas de la clase trabajadora. Originalmente, el planteamiento era que se posicionaban así porque el grueso de la población no contaba con vehículos y tenían que llegar a pie a sus lugares de trabajo. Por lo tanto, era necesario vivir cerca de las empresas.
Más afuera están las zonas residenciales para la gente de un mayor nivel socioeconómico, que suele tener más facilidades para adquirir un automóvil particular.
En el anillo exterior se posicionan las familias de alto nivel económico y poder adquisitivo, donde normalmente se encuentran las mejores viviendas e instalaciones.
Esto es exactamente lo que sucede en Morelia; el Centro Histórico, Las Américas y Camelinas ocupan el primer círculo del modelo. Más afuera están las industrias, después las colonias populares y más allá empiezan los fraccionamientos como Villas del Pedregal, y después zonas residenciales como Ciudad Tres Marías y Paseo Altozano.
No obstante, acá es donde la capital michoacana se desvía del modelo; Burgess plantea un crecimiento controlado de una ciudad. El tema es que cuando la construcción de viviendas no se regula, son cada vez más personas las que acaban viviendo a las afueras de la ciudad, y como ya dijimos, al estar las empresas y los comercios ubicados en el centro de la urbe, se genera una mayor demanda del transporte público. Ahora bien, al ser este servicio deficiente en las zonas más alejadas, provoca que la mayor parte de los ciudadanos opten por el automóvil particular, que también incrementa la congestión vehicular y a su vez, la contaminación.
Por otra parte, al ser una ciudad tan centralizada, cada nuevo fraccionamiento autorizado supone un reto mayor a la hora de dotar de servicios públicos a esas zonas, todo esto sin mencionar que hay todavía un gran territorio por cubrir hasta llenar por completo el interior del segundo anillo periférico. Dicho eso, quién sabe a qué grado van a llegar las problemáticas de una ciudad que claramente crece a un ritmo desmedido.
Para más inri, de acuerdo con datos del reporte más reciente del Instituto Municipal de Planeación, para diciembre del año pasado se tenía que en Morelia son más de 80 mil las viviendas que se encuentran deshabitadas, gran parte de estas ubicadas precisamente al exterior del circuito interior de la ciudad.