La empresaria Erika Kirk ha sugerido que el voto pase a ser decisión del “hombre jefe espiritual de familia” en el país vecino
En la actualidad es perfectamente normal ver a una mujer emitiendo su voto en las elecciones de los países que se rigen bajo sistemas democráticos; de hecho, ya son varias las generaciones de personas a las que les resultaría extremadamente raro enterarse de que no siempre fue así, pero esa es la realidad. Las mujeres no siempre han gozado de una libertad tan básica como la de elegir a sus gobernantes, y aunque parezca una locura, en pleno 2026, han surgido algunos movimientos que pretenden que el mundo retome ideologías que no se veían hace por lo menos 100 años.
Es el caso de Erika Kirk, la empresaria estadounidense de ultraderecha que desató la polémica tras sugerir recientemente un escenario en el que las mujeres renuncian a su derecho al voto para que sea el hombre, o el “jefe espiritual de familia”, como ella lo refiere, quien tome la decisión, lo que se traduciría en el llamado “household vote”, que, en esencia, sería un voto por familia, elegido por el hombre, en lugar de un voto por cada persona mayor de edad en el país vecino.
Algo así borraría más de un siglo de lucha y de persistencia de miles de mujeres que no se rindieron hasta obtener algo que siempre debió ser tan suyo como de cualquier persona.
Fue en el año de 1893 cuando Nueva Zelanda se convirtió en el primer país del mundo que le concedió el derecho al voto a las mujeres en las elecciones nacionales; más precisamente, un 19 de septiembre de aquel año, y contrario a lo que se pensaría, esto no se consiguió a través de una revolución o de una guerra, sino más bien por medio de una campaña ciudadana encabezada por un movimiento sufragista.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres neozelandesas empezaron a organizar un movimiento para exigir igualdad política, siendo Kate Sheppard una de las principales líderes de este grupo, que recibió el respaldo de organizaciones como la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza, que se dedicaban al impulso de las reformas sociales.
La conquista no ocurrió de la noche a la mañana. Detrás de aquella decisión existían años de organización, reuniones públicas, recorridos por ciudades y pueblos, así como miles de firmas reunidas por mujeres convencidas de que la democracia no podía llamarse así mientras la mitad de la población permaneciera excluida.
El momento decisivo llegó cuando las sufragistas presentaron al Parlamento una enorme petición integrada por cerca de 32 mil firmas, una cifra extraordinaria para un país que entonces apenas superaba los 700 mil habitantes. Las hojas del documento, unidas una tras otra, alcanzaban varios metros de longitud y simbolizaban la fuerza de un movimiento que ya no podía ser ignorado.
Así, después de varios intentos fallidos y de años en los que no se pudo trascender, finalmente llegó el momento en el que la iniciativa se aprobó y tan solo dos meses después, cerca de 90 mil mujeres estaban registradas para votar, y de ellas, un 85%, es decir, más de 75 mil, acudieron a las urnas.
A partir de aquello, las mujeres solo ganarían más y más terreno en el ámbito del sufragio. En 1919, 26 años después, también en Nueva Zelanda, se le permitió a las mujeres postularse para ser parte del Parlamento.
Un poco antes, en 1902 Australia reconoció también el voto femenino a nivel federal y de inmediato permitió que las mujeres pudieran candidatearse para el Parlamento, aunque todavía había trabas, pues las políticas raciales de la época dejaron fuera a las mujeres indígenas.
Con el tiempo se fueron sumando diferentes países a la lista de los que aprobaron el voto femenino, como Finlandia en 1906, Alemania, Austria y Reino Unido en 1918, España en 1931 y Brasil al año siguiente, solo por mencionar algunas naciones.
Sin embargo, en el caso de nuestro país, no fue sino hasta el año de 1953, 60 años después de que sucedió por primera vez en la historia global, que las mujeres mexicanas pudieron salir a colocar su voto en las urnas.
Cuando México promulgó la Constitución de 1917, el país se presentaba como una nación renovada tras los años de la Revolución. Sin embargo, había una ausencia evidente en aquella nueva democracia: las mujeres seguían sin poder participar en las elecciones.
Paradójicamente, muchas de ellas habían contribuido al movimiento revolucionario. Algunas trabajaron como enfermeras, mensajeras o cocineras; otras tomaron las armas y combatieron junto a los ejércitos revolucionarios. A pesar de ello, una vez terminada la guerra, sus derechos políticos quedaron fuera de la nueva Constitución.
Desde finales del siglo XIX y principios del XX comenzaron a surgir organizaciones y voces que reclamaban igualdad política. Entre las pioneras destacó Hermila Galindo, quien defendió públicamente el derecho de las mujeres a votar y ser electas, convirtiéndose en una de las primeras feministas mexicanas en llevar esta demanda al debate nacional.
Los años transcurrieron entre propuestas, debates y promesas incumplidas. Aunque Lázaro Cárdenas impulsó una reforma constitucional para reconocer el voto femenino en 1937, fue hasta el 17 de octubre de 1953 cuando el panorama cambió de forma definitiva.
Ese día se publicó en el Diario Oficial de la Federación la reforma a los artículos 34 y 115 de la Constitución, promovida por el presidente Adolfo Ruiz Cortines, mediante la cual se reconoció plenamente la ciudadanía política de las mujeres y su derecho a votar y ser votadas en todos los procesos electorales.
El estreno de ese nuevo derecho ocurrió en las elecciones federales de 1955. Por primera vez, millones de mexicanas acudieron a las urnas para elegir a las y los integrantes de la Cámara de Diputados. Aquel momento no solo representó una ampliación del padrón electoral, sino también el reconocimiento formal de que la democracia mexicana debía incluir a toda su población.
La conquista del voto femenino no fue un regalo del Estado ni una decisión repentina. Fue el resultado de décadas de organización, persistencia y presión de mujeres que se negaron a aceptar que la ciudadanía tuviera género. Su lucha transformó la historia política del país y abrió el camino para que, con el paso del tiempo, la participación de las mujeres se convirtiera en un elemento indispensable de la vida democrática de México.
Es por todo lo anterior por lo que las palabras de Erika Kirk y algunas de sus seguidoras han tenido un impacto tan fuerte en mujeres de todo el mundo.