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Unidad partidaria.

por Rafael Rodríguez

#Opinión  #NorbertoHernández.

  • En algún momento de la crisis derivada por la presencia de la corriente democrática al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI)

En algún momento de la crisis derivada por la presencia de la corriente democrática al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el presidente Miguel de la Madrid Hurtado se opuso a la  existencia de grupos y corrientes con el argumento que debilitarían al partido.

Aquella decisión, con altos costos para el PRI en elecciones sucesivas, permitió mantener la unidad de la clase política priista entorno a la designación del candidato presidencial de 1987.

De acuerdo con la práctica del tapado, Carlos Salinas de Gortari fue el candidato del PRI en las controvertidas elecciones presidenciales de julio de 1988.  

Los inconformes salieron y formaron el Frente Democrático Nacional (FDN) con el que compitieron fuertemente al sistema, al grado que prevalece la percepción que el candidato Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano ganó, pero fue víctima de un fraude patriótico e histórico. Sin embargo, a pesar de la presión social y política, el PRI y el presidente de la Madrid sostuvieron a Salinas.

El partido conservó su unidad y disciplina interna. Los simpatizantes del FDN, una vez calificada la elección presidencial en el Colegio Electoral, optaron por constituirse en partido político. El Partido Mexicano de los Trabajadores (PMS) cedió su registro y, en 1989, quedó conformado el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Si bien obtuvo su registro como partido en realidad estaba integrado por grupos, corrientes y líderes históricos de la izquierda y emergentes escindidos del PRI. En el origen, el PRD nació fracturado. De hecho, tres de sus dirigentes nacionales fueron ex militantes del PRI.

En los procesos electorales siguientes, la fuerza ganada en las elecciones de 1988 se perdió. Obtuvieron triunfos importantes, pero locales o focalizados; entre ellos, el Distrito Federal, la Asamblea Legislativa y delegaciones de la Ciudad de México. El divisionismo, la confrontación y el radicalismo de sus cuadros dirigentes y militantes fueron la causa para que el partido tuviera más desgaste interno que el derivado de la competencia electoral. Nunca logró ser un verdadero partido nacional. Una constante en su devenir fue la renuncia de sus dirigentes fundadores.

En el caso del Partido Acción Nacional (PAN) funciona de forma parecida al PRI. No hay grupos ni corrientes internas. Cuando se presentan casos de “indisciplina” la Comisión de Orden normalmente expulsa a los inconformes. Cuenta con un marco estatutario que otorga cierta legalidad a los actos del partido, pero en realidad es un proceso recurrente
que se aplica a los militantes disidentes.

No importa el peso político del provocador. Lo mismo, expulsan a un miembro activo que a una figura de la política nacional y no importa el costo electoral ni sus consecuencias. Se preserva la unidad del partido.

En 1976, las diferencias internas llegaron ael nivel de no tener candidato a la presidencia de la República. El candidato del PRI, José Lópz Portillo, fue candidato único, en alianza con el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM). El Partido Comunista Mexicano, lanzó a su candidato, pero carecía de registro. Ante lo evidente y el poder estatutario del PAN, los aspirantes a expulsión toman la sabia decisión de renunciar. Es más elegante, pero es lo mismo.

El PAN tiene un marco normativo sólido para elegir a sus dirigentes y candidatos de manera democrática, pero en los últimos años ha roto con la continuidad de esa vocación. Son los mismos con lo mismo.

Su sentido democrático se ha distorsionado por un partido con fuertes y evidentes niveles de corrupción.

Lo más costoso para sus simpatizantes y militantes es su cercanía con el PRI, partido al que combatieron desde su fundación en 1939.

Los tres casos deben ser ejemplos útiles al Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Urge que avance con firmeza y seriedad en la conformación de un partido realmente nacional.

La competencia político-electoral implica un trabajo de mayor compromiso al interior del instituto político. Ganar por el voto útil no es suficiente para construir un proyecto de nación en el largo plazo.

Tampoco es signo de fortaleza que un determinado candidato gane una elección, cualquiera que esta sea. El partido es la institución no la persona ni el candidato. Hace mucho que ningún partido tiene un dirigente por la imposición de un interés particular o de un grupo minoritario.

Eso es dar un sentido ocasional al partido, pero no consolida metas de trascendencia. Atar el futuro de MORENA al liderazgo sexenal del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, es un error estructural.

Urge su reconstrucción interna, tener procesos menos violentos en la elección de sus dirigentes y hablar más de la propuesta, de la visión de país en sus tres niveles de gobierno.

Al PRI, al PAN y al PRD los destruyó el voto útil. Ese es el riesgo para MORENA. La democracia como recurso utilitario ha destruido a los partidos.

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