#OpiniónYAnálisis por #IsmaelGarduño
Ismael Garduño
La política es una de las actividades humanas más antiguas y esenciales para la organización de la vida en sociedad. Se puede definir como el arte o doctrina relativa al gobierno de los estados, para promover la participación ciudadana en la vida pública y para distribuir y ejecutar el poder gubernamental con el objetivo de garantizar el bien común en la sociedad. En este contexto, los partidos políticos y los políticos desempeñan un papel fundamental como mediadores entre la ciudadanía y el poder público. Sin embargo, en la actualidad, muchas sociedades atraviesan una crisis de confianza hacia las instituciones políticas, lo que hace necesario reflexionar sobre la importancia real de la política y de quienes la ejercen. Comprender su función y sus retos es indispensable para fortalecer la democracia y garantizar un desarrollo social equitativo.
La política, entendida en su sentido más amplio, no se limita a la lucha por el poder ni al ámbito gubernamental. Según Aristóteles, el ser humano es un “animal político” porque su naturaleza lo impulsa a vivir en comunidad y a buscar el bien común. Desde esta perspectiva, la política es un medio para alcanzar la justicia, la paz y la armonía social. En las sociedades modernas, la política se canaliza principalmente a través de los partidos políticos, que son instituciones creadas para organizar las ideas, representar intereses y proponer proyectos de gobierno.
Los partidos políticos cumplen funciones esenciales en toda democracia. En primer lugar, articulan la voluntad popular, pues agrupan a los ciudadanos que comparten valores, ideologías o visiones del país. A través de los partidos, las personas pueden participar en la vida pública sin necesidad de hacerlo de manera individual, lo que garantiza una representación más ordenada y eficaz. En segundo lugar, los partidos sirven como canales de comunicación entre el pueblo y el Estado, transmitiendo las demandas sociales a las instituciones y proponiendo soluciones mediante políticas públicas. Sin partidos, el sistema político se fragmentaría, y las decisiones se tomarían de forma descoordinada o autoritaria. De igual manera, permiten la renovación constante de liderazgos, brindando espacios para que nuevos actores sociales.
Por su parte, los políticos (como representantes elegidos o líderes) desempeñan una función indispensable en la gestión del poder y la toma de decisiones públicas. En una democracia, son los encargados de transformar las demandas ciudadanas en políticas concretas, de aprobar leyes, diseñar presupuestos y administrar recursos en beneficio del pueblo. Su papel es, por tanto, tanto técnico como ético: no basta con ocupar un cargo, sino que deben actuar con responsabilidad, transparencia y compromiso hacia el bien común.
Sin embargo, en las últimas décadas, el ejercicio de la política ha sufrido un deterioro de credibilidad. La corrupción, el oportunismo, los malos gobiernos y la falta de ética de algunos líderes han generado desconfianza y apatía ciudadana.
La mayoría ve a los políticos como personas alejadas de la realidad social, interesadas solo en su beneficio personal o partidista. Esta percepción, aunque comprensible, puede ser peligrosa, pues conduce a la indiferencia política y al debilitamiento de las instituciones democráticas. Cuando la ciudadanía se desentiende de la política, abre la puerta a líderes autoritarios o populistas que aprovechan el desencanto para concentrar el poder y socavar la libertad.
Por ello, más que rechazar la política, es necesario reivindicarla y transformarla. La solución no es eliminar los partidos ni despreciar a los políticos, sino exigir mejores instituciones y representantes más éticos. La política debe recuperar su sentido original: ser un servicio a la comunidad, un instrumento para resolver conflictos y promover el desarrollo. Para lograrlo, se requiere fortalecer la educación cívica, fomentar la transparencia y crear mecanismos de rendición de cuentas que impidan el abuso del poder.
Sin duda, en general, la política ha fallado, pero en la misma medida, también ha fallado la participación ciudadana. La participación debe ir más allá del voto. La política no se limita a los periodos electorales; es una actividad cotidiana que implica informarse, opinar, debatir y vigilar las acciones de los gobernantes. En este proceso, los partidos pueden renovarse y acercarse más a la sociedad, transformándose en espacios de diálogo, inclusión y propuestas reales.
La política, lejos de ser un mal necesario, es una actividad esencial para la convivencia y el progreso social. Los partidos políticos y los políticos son pilares de la democracia, pues permiten canalizar las ideas, organizar la participación y convertir las demandas ciudadanas en acciones concretas. Si bien el descrédito actual de la política es una realidad preocupante, no debe conducir al rechazo, sino al compromiso. Es responsabilidad de todos; ciudadanos, partidos y líderes; recuperar la confianza y la dignidad de la vida pública.
La verdadera transformación política no se logra destruyendo las instituciones, sino reconstruyéndolas con ética, participación y transparencia. Solo así la política podrá cumplir su propósito original: servir al bien común y garantizar que la sociedad avance con justicia, equidad y libertad. En suma, fortalecer la política y dignificar la labor de los partidos y los políticos es fortalecer la democracia misma.