Rafael Rodríguez
Hablar de suicidio incomoda, pero callarlo tampoco lo detiene. Durante años, muchas familias han vivido esta tragedia en silencio, entre culpa, preguntas sin respuesta y una idea equivocada: pensar que quien llega a ese punto no avisó. A veces sí avisa, pero no siempre con palabras claras. A veces avisa con cansancio, aislamiento, cambios de ánimo o una tristeza que los demás no alcanzan a ver.
En México, el suicidio ya es un problema de salud pública. De acuerdo con datos del INEGI, en 2024 se registraron 8 mil 856 defunciones por suicidio en personas de 10 años y más. La tasa nacional fue de 6.8 casos por cada 100 mil habitantes, pero la diferencia entre hombres y mujeres sigue siendo profunda: 11.2 en hombres, contra 2.6 en mujeres.
También hay un dato que obliga a mirar con atención: los grupos de 30 a 44 años y de 15 a 29 años concentran algunas de las tasas más altas. Es decir, el suicidio está golpeando a jóvenes y adultos en etapas productivas, personas que estudian, trabajan, sostienen familias o cargan responsabilidades que muchas veces no se hablan por vergüenza, miedo o falta de ayuda.
En el Estado de México, el problema tampoco está lejos. La entidad registró en 2024 una tasa de 7 suicidios por cada 100 mil habitantes, prácticamente en el mismo nivel que el promedio nacional. Y aunque no figura entre los estados con las tasas más altas del país, su tamaño poblacional convierte cada caso en una alerta: la salud mental no puede seguir tratándose como un asunto privado.
La semana pasada, el tema volvió a sacudir a la opinión pública por el caso de Orlando García Maciel, elemento de la Policía Vial de León, Guanajuato. Tenía 27 años, estaba en servicio y antes de morir publicó un video en redes sociales en el que habló de una “depresión silenciosa” y pidió cuidar la salud mental. Su mensaje se volvió viral porque puso rostro y uniforme a una crisis que muchas veces se esconde detrás de la rutina.
Ese audio no debe escucharse como una despedida, sino como una advertencia. Porque detrás de alguien que dice estar cansado puede haber una urgencia. Detrás de una persona que se aísla puede haber una crisis. Y detrás de un uniforme, de una patrulla o de una jornada aparentemente normal, puede haber alguien que ya no sabe cómo pedir auxilio.
El caso también obliga a mirar a las corporaciones de seguridad. Policías, bomberos, paramédicos, custodios y personal de emergencia conviven todos los días con presión, violencia, jornadas pesadas y exposición al dolor ajeno. Pero nadie puede cuidar a otros si no tiene también una red que lo cuide.
La prevención no empieza cuando la crisis ya explotó. Empieza antes: cuando alguien se atreve a preguntar dos veces “¿estás bien?”, cuando una institución deja de ver la salud mental como trámite y cuando las familias aprenden a escuchar sin juzgar.
En México existe la Línea de la Vida, el 800 911 2000, disponible las 24 horas, los 365 días del año, para orientación en salud mental y crisis emocionales. Si una persona siente que ya no puede más, o si alguien cercano muestra señales de alarma, la salida no tiene que encontrarse en soledad.
La Radiografía es ésta: el suicidio no es una nota roja ni una cifra aislada. Es una emergencia silenciosa que atraviesa casas, escuelas, trabajos y corporaciones. Y quizá la reflexión más necesaria sea ésta: no esperemos a que alguien deje un último mensaje para tomar en serio su dolor. A veces, escuchar a tiempo también es una forma de salvar la vida.