Lo que comenzó como una figura de farmacia se ha transformado en un emblema cultural que convoca a miles en un festival con artistas internacionales.
Lo que comenzó como un ícono ambulante de las farmacias mexicanas, con su botarga recorriendo calles y plazas, se transformó en algo mucho más grande: un festival que pone al personaje en el centro del escenario, literalmente. SimiFest nació de esa cultura de lanzar peluches a los conciertos y hacer de la botarga algo que los fans reconocen, buscan y hasta celebran con fervor.
En su primera edición, celebrada en el Parque Bicentenario de la Ciudad de México, miles de personas se reunieron con la expectativa de ver más que música: querían vivir la experiencia completa. Desde que cruzaban la entrada, recibían un muñeco peluche del personaje, bolsas con souvenirs y en “Similandia” podían adquirir desde llaveros hasta prendas con esa imagen que ya forma parte del imaginario colectivo.
El cartel musical mezcló talento nacional e internacional, bandas que generaron nostalgia y otras más frescas que resonaban entre los asistentes. La música fue el gancho, pero lo que realmente marcó diferencia fueron las botargas: estaban por todos lados —bailando, interactuando, generando momentos virales—, haciendo que el evento se sintiera como una celebración masiva de identidad pop más que un simple concierto.
Pero el festival no se quedó solo en lo lúdico. Impulsado por causas ambientales, incorporó acciones como la fabricación de “bombas de vida”, esferas de composta con semillas que serán sembradas en zonas con ecosistemas en riesgo. Cada boleto compra un poco de esperanza para espacios naturales que necesitan recuperación.
Para 2025, ya no bastaba con repetir lo hecho. SimiFest creció: cambia de locación al Autódromo Hermanos Rodríguez, lo que le brinda mayor capacidad y mejor acceso, y presenta precios escalonados (General, Preferente, VIP) para cumplir con su promesa de ser algo cercano, pero con producción de alto nivel.
Este ascenso, de ser la botarga que la gente ve en anuncios o tiendas, a peluche que se lanza en conciertos, y finalmente protagonista de su propio festival, no solo habla de marketing, sino de algo más profundo: de cómo una figura popular puede capturar el pulso colectivo, transformarse, abrir espacios culturales y generar comunidad. SimiFest no es solo música y espectáculo; es un fenómeno contemporáneo que investiga dónde termina lo comercial y dónde empieza lo cultural.