El chipilín (Crotalaria longirostrata) es una planta originaria de Centroamérica presente en distintos estados de México, es una especie perteneciente a la familia de las fabáceas, alta en hierro, calcio y betacaroteno. Por desconocimiento, a la palabra “chipilín” se le relaciona con un insecto, porque se utiliza en platillos típicos, como los tamales, sin embargo es una planta aromática y medicinal.
Tan importante era esta especie para nuestros antepasados, que cuenta una leyenda Maya, que Chac, Dios de la lluvia, se enamoró perdidamente de Ix Chel, Diosa de la luna e hija de Tlaloc, pero su amor no fue correspondido. Esto enfureció al Dios y en su despecho, cubrió el cielo con nubes negras para que nadie pudiera ver la belleza de Ix Chel.
Durante tres años el cielo estuvo cubierto de nubes y lluvia incesante. Los ríos se desbordaron, y los sembrados se inundaron dejando al pueblo sin alimento. La situación se tornó tan grave que ni el mismo Tlaloc encontraba la solución, pues con tanta lluvia la gente moriría.
Una noche, Ix Chel, Diosa de la luna, al ver al padre Tlaloc tan abatido decidió buscar una solución que, aunque triste para ella, era la única salida: casarse con Chac para convencerlo con su belleza de que quitara el velo de las nubes y la lluvia cesara.
Pero, lo que en apariencia era un triunfo para Chac, en realidad era una trampa que Ix Chel tenía preparada. La noche de bodas, en el preciso momento en que Chac borró las nubes, ella se escapó en forma de pequeñas hojitas verdes que cayeron como lluvia por todo el territorio.
Esas hojitas que se podían comer preparadas de diferentes formas salvaron a los Mayas de una muerte segura. Nuestros ancestros las llamaron “Chepil-Ix”, que significa “hojas de la luna”. Así fue como nació lo que hoy conocemos como chipilín.
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Heidy Wagner Laclette